Para Dios sólo hay hijos únicos
Fecha: 27/08/2007
 

«El cristiano ha encontrado
el amor de su vida»

Entrevista a la teóloga Jutta Burggraf

Doña Jutta Burggraf, teóloga y profesora de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, sugiere a los cristianos que redescubran el amor hermoso en la Escuela de María. La agencia Zenit ha entrevistado a esta experta después de su estancia en Roma con ocasión del congreso con el que se celebraban los 25 años del Instituto Juan Pablo II, en el que habló del amor hermoso

¿Qué es el amor hermoso?
Es una expresión usada frecuentemente por Juan Pablo II. De la mano de la Virgen –destaca Juan Pablo II–, descubrimos las lecciones del amor hermoso. Aprendemos que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. Amar significa estar vivo para el bien y experimentar el mundo de un modo más bello y luminoso. Cuando amamos, vemos todo con buenos ojos, y queremos cada cosa como Dios la quiere; más aún, descubrimos las huellas de Dios en cada ser. No se trata de hacer más, sino de ser más: estar realmente presentes, dispuestos a aprender y a crecer.

Dios es amor, ha recordado el Papa Benedicto XVI, retomando el núcleo del cristianismo.
El cristiano es aquel que ha encontrado el amor de su vida. Comprende que Dios mismo quiere colmar sus necesidades más vitales, y le invita a una íntima amistad con Él. Se da cuenta de que Dios es amor, es el gran Amante, el primer Amante, que dijo al comienzo de su vida: «Yo quiero que seas; es bueno, muy bueno que existas... Qué maravilloso que tú estés en el mundo».

¿Qué quiere decir usted con la afirmación de que «para Dios sólo hay hijos únicos»?
Que cada hombre es un agraciado, es un elegido entre millones. El amor divino, como todo amor, es puro regalo, que no podemos ni merecer ni exigir. Estamos hechos para recibirlo de lo alto, estamos llamados a acogerlo agradecidamente y colaborar en su desarrollo.

¿Estamos en un valle de lágrimas, o en un mundo maravilloso? O quizá es mejor preguntarle cómo vivir en este mundo maravilloso que a su vez es un valle de lágrimas…
A veces olvidamos contemplar las cosas bellas. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que aprendemos en el trato con María: detenernos y mirar lo que Dios ha hecho. Admirar las obras del Creador. Querer el mundo con pasión. Porque el mundo es el escabel de sus pies. Si nos encerramos en nuestras propias posibilidades, el gozo más pleno suele mezclarse con la triste experiencia de la fugacidad: todo pasa, todo termina, la vida es un continuo decir adiós. Ciertamente, no podemos eliminar del todo este dolor de la partida, tan propio de nuestra existencia. Pero cuando nos unimos a Dios, participamos de algún modo en su eterno presente: no hay pasado ni futuro en Dios; todo lo que existe, está eternamente.

Zenit