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| El Evangelio, motor de progreso |
| Fecha: 26/10/2009 |
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| • Desde hace más de cuarenta años, el padre Piero Gheddo –del Instituto Pontificio para las Misiones Extranjeras, de Milán– viaja por el mundo para conocer de primera mano, y dar a conocer, la labor que los misioneros realizan en las zonas más pobres y conflictivas de los cinco continentes.
• Fruto de ese trabajo periodístico son decenas de libros y millares de artículos. Su conocimiento sobre el terreno le permite romper tópicos y denunciar –sin polémicas– algunos prejuicios ideológicos presentes cuando se habla del Tercer Mundo. — Al plantear la cooperación al desarrollo ¿se debería tener más en cuenta la experiencia de los misioneros? — Cuando se discute sobre cómo ser solidarios con el Sur del mundo, se habla de las ayudas económicas, de la reducción de la deuda externa, del precio de las materias primas, etc., pero no se recuerda nunca la experiencia de los misioneros. Lo que resulta absurdo, pues han sido los primeros en interesarse de los pobres: antes de que existiera la ONU, las campañas de la FAO contra el hambre en el mundo, los No Global… Precisamente anunciando el Evangelio, los misioneros producen desarrollo allí donde muchos gobiernos e instituciones han fracasado. • El testimonio de los misioneros que viven muchos años con los pueblos pobres confirma estas dos verdades: primero, que lo que quieren del misionero, de la Iglesia, es el anuncio de la verdad que salva; segundo, que el mismo Evangelio, la conversión a Cristo, se transforma en motor de desarrollo. — ¿Cómo se explica que el misionero sea, por así decir, el mejor "agente de desarrollo"? — Precisamente por su fe en Cristo, que le da motivaciones profundas y sobrenaturales para hacer lo que hace: vivir con los pueblos más pobres y marginados durante toda la vida, sin ninguna esperanza de beneficio o de carrera. Una gratuidad total. Y dispuesto a perder la vida, incluso de modo violento, si fuera necesario. En los últimos decenios, se calcula que cada mes son asesinados una media de dos o tres misioneros. • Naturalmente, no se trata de mitificar la labor del misionero. Pero cuentan con un espíritu, con un estilo de presencia, que los hacen ejemplares para una auténtica cooperación al desarrollo. El misionero que vive toda la vida junto a un pueblo pobre, que aprende la lengua y las costumbres, y se adapta a las difíciles condiciones del lugar, está en la mejor situación para estimular desde dentro el desarrollo. • Hay que tener en cuenta otro factor esencial: si el desarrollo es sobre todo fruto de la educación, hay que añadir que el punto más profundo de un pueblo pobre es el sentimiento religioso. Extraído de Aceprensa: Diego Contreras |