Libertad: Dad al César lo que es del César....
 

Dar al César lo que es del César...

... y a Dios lo que es de Dios. En la Iglesia de los primeros siglos hallamos el fundamento de algunas palabras que la modernidad pretende atribuirse. Una verdad demasiado fácil de traicionar

El sociólogo checo Vaclav Belohradsky decía en una entrevista: «Tradición europea significa no poder vivir más allá de la conciencia reducida a un aparato anónimo como la Ley o el Estado. Esta "firmeza" de la conciencia es una herencia de la tradición griega, cristiana y burguesa.

La imposibilidad de reducir la conciencia a las instituciones está amenazada en la época de los medios de comunicación de masa, de los estados totalitarios y de la informatización generalizada de la sociedad. Es muy fácil para nosotros llegar a imaginar instituciones organizadas tan perfectamente que impongan como legítima cualquiera de sus acciones.

Basta con disponer de una organización eficiente para legitimar cualquier cosa. Podríamos sintetizar así la esencia de lo que nos amenaza: los estados programan a los ciudadanos, las industrias a los consumidores, las editoriales a los lectores, etc. A la vez, toda la sociedad se convierte en algo que el Estado produce». Este fragmento apareció en el cartel de Pascua de CL de hace algunos años.

No se puede reducir la conciencia al Estado

Desde el inicio de la historia cristiana se planteó el problema de la relación con el Estado. San Pablo devolvió a casa a un esclavo fugitivo que se había convertido, entregándole una carta para su amo, llamado Filemón (también cristiano), en la que le recordaba que ya no podía considerarlo un esclavo, sino un hermano y un amigo. Nunca antes un ciudadano romano había osado afirmar tan drásticamente un criterio diferente del de la mentalidad antigua, sancionada además por el Derecho Romano, que consideraba a los esclavos como meros utensilios.

Así, en la Carta a Diogneto, respondiendo a los paganos que les acusaban de no considerar a los ídolos como dioses y, por tanto, de eludir las responsabilidades sociales comunes, un anónimo autor cristiano del siglo II afirmaba que los cristianos no son portadores de una doctrina «fruto de consideraciones y elucubraciones de personas curiosas, ni se convierten en promotores, como algunos, de una teoría humana cualquiera», sino que son los testigos estupefactos de que «el Creador de todo no envió a los hombres, como alguno podría haber imaginado, a un siervo, un ángel o un arconte, sino al mismo Artífice y Autor de todo (...). Como un rey envía a su hijo rey; fue enviado como Dios, como hombre entre los hombres, para salvar convenciendo, no para atropellar, porque la violencia no se atribuye a Dios».

Por eso el autor podía subrayar que «los cristianos obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes», introduciendo una aguda observación sobre el valor que tiene la conciencia en la concepción de la persona y de la vida, más allá de la mera observancia de las normas exteriores.

Un límite al poder absoluto.

Se podrían citar otros casos también muy significativos en relación con este aspecto. Pero tal vez vale la pena recordar un episodio que en los manuales de historia apenas se citaba de pasada cuando todavía los nuevos planes de estudio no habían suprimido, con un culpable borrón y cuenta nueva, siglos del fatigoso camino del hombre para afirmar su significado.

En el año 390 Teodosio, que antes de ser uno de los mayores emperadores cristianos fue un gran general, recibió la noticia de que en Tesalónica habían asesinado a varios soldados romanos. Inmediatamente, como estaba previsto en el código de guerra, ordenó una represalia: se organizaron juegos en el circo de dicha ciudad y, una vez iniciados, se cerraron las puertas y los ciudadanos fueron masacrados ferozmente.

Cuando lo supo Ambrosio, el obispo de Milán, excomulgó al emperador. Entonces Teodosio fue a Milán y permaneció de rodillas ante la catedral hasta que el insigne obispo le concedió el perdón.

Fue un punto de ruptura decisivo en la historia; porque por primera vez en el mundo occidental se ponía un límite al poder absoluto y total del Estado, y este límite era el valor de la persona que la conciencia cristiana había fundamentado. El Estado renunciaba a su carácter sagrado, aceptando que los hombres dieran a Dios lo que es de Dios, si bien continuaba pretendiendo que dieran al Cesar lo que es del César.

La idea occidental de libertad

Si la historia es un proceso, es decir, un camino en el que determinados episodios constituyen verdaderas piedras miliares, éste fue una de ellas: la separación del Estado y lo sagrado marcaba el crepúsculo definitivo e inevitable de la antigua idea de Estado y, al mismo tiempo, la aurora de la idea occidental de libertad.

Desde ese momento existieron dos realidades que no podían reivindicar para sí el carácter de la totalidad. El Estado se vuelve "laico", es decir, se detiene frente al límite de la conciencia que busca en otro lugar su consistencia; la Iglesia, por su parte, reconoce la autoridad del Estado en su campo, por ejemplo, en la administración de la justicia civil.

Obviamente, el equilibrio entre estas dos realidades no se ha mantenido siempre en el curso de los siglos. Cuando se ha roto el equilibrio, ha habido periodos de grandes enfrentamientos. Sin embargo, siempre han surgido hombres y movimientos que impidieron que Iglesia y Estado se fundieran, a causa de la invasión por parte de uno del espacio del otro, dando lugar así a un poder totalitario.

Algunos ejemplos de ello son: Cluny y Citeaux rondando el año mil, Bartolomé de Las Casas en la época de los Conquistadores y Maximiliano Kolbe, si se quiere un ejemplo reciente.

En un libro estupendo, jamás traducido en Italia y con el significativo título de La aventura europea, nuestro querido amigo Léo Moulin, que se definía como agnóstico, señalaba: «Como la igualdad, la idea de libertad, las ideas democráticas, la ideología y la sensibilidad que conllevan, se encuentran en germen en la doctrina cristiana, y a veces más que en germen, podría decirse que la Iglesia ha sido y ha querido ser a lo largo de los siglos una teocracia; que siempre y en todas partes ha exaltado el poder absoluto de los papas, ha sostenido a los reyes y los poderosos, animado la reacción...

Toda mi infancia ha estado acunada por imprecaciones de matriz anticlerical y por el "libre pensamiento" de una familia que me presentaba a Jesús como la víctima de los sacerdotes y de los poderosos. He machacado a los curas a placer durante veinte años. Pero el historiador y el sociólogo que me esfuerzo en ser, tanto en el bien como en el mal, y más en el mal que en el bien, dice que se siente obligado en conciencia a matizar y, muy a menudo, a contradecir estos duros razonamientos.

Para mí, si la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano ha podido hallar eco en los corazones de los hombres de Occidente como un acto de fe, es porque estaba enraizada desde hacía siglos en el humus histórico de Occidente.

La afirmación y el desarrollo en el seno de las órdenes religiosas de principios democráticos como el derecho a elegir a sus gobernantes y notificarles las cuestiones relativas a ello; el primado de la asamblea, reconocido en todas las constituciones, summa potestas, autoridad suprema y fuente de todos los poderes; la puesta a punto de técnicas electorales y deliberativas con una extraordinaria minuciosidad; la organización de sistemas de gobierno mixtos notablemente equilibrados; la definición de un régimen de derecho que reconoce los límites que la conciencia pone al deber de obedecer; el respeto de un pluralismo real; la definición de un federalismo concreto; todo ello, sin ninguna duda, había aguzado en el curso de los siglos la sensibilidad y el pensamiento de Occidente hacia las formas democráticas de organización.

En este punto, la correlación que une "la ingente fuerza" de las ideas democráticas con el cristianismo me parece difícilmente contestable».

Por el contrario, en el propio Occidente, los regímenes totalitarios del siglo XX se han planteado generalmente un mismo objetivo: manipular o anular la conciencia de los hombres. Un político alemán afirmaba haber escuchado a Hitler, en los primerísimos tiempos de su ascenso al poder en Alemania, estas palabras: «Yo libero al hombre de la constricción de un espíritu convertido en fin de sí mismo; de la sucia y humillante autoflagelación de una quimera llamada conciencia y moral, y de la pretensión de una libertad de autodeterminación personal, de la que bien pocos están a la altura».

Evidentemente, su lección conducía con toda tranquilidad a lo que expresan las palabras de uno de los últimos jefes del Tercer Reich: «¡Yo no tengo ninguna conciencia! Mi conciencia se llama Adolf Hitler». En otro frente, basta recordar algunos fragmentos del libro Vida y destino de Vassilij Grossman, o las inolvidables páginas de los libros de Solyenitsin.

Ratzinger, Occidente y el Islam

El cardenal Ratzinger escribía en un ensayo refiriéndose a estas cuestiones: «La idea moderna de libertad es, por tanto, un legítimo producto del espacio vital cristiano; no se habría podido desarrollar en ningún otro ámbito más que en ése. Es más, es necesario añadir que no es posible implantarla en cualquier otro sistema, como se puede constatar hoy con clara evidencia en el renacimiento del Islam.

El intento de injertar los denominados criterios occidentales, separados de su fundamento cristiano, en las sociedades islámicas, desconoce tanto la lógica interna del Islam como la lógica histórica a la que pertenecen los criterios occidentales.

Dicho intento estaba destinado a fracasar en esa forma. La construcción social del Islam es teocrática, por tanto, monista y no dualista. El dualismo, que es la condición previa de la libertad, presupone a su vez la lógica cristiana.

Desde el punto de vista práctico, ello significa que sólo donde se preserva el dualismo de Iglesia y Estado, de instancia sagrada y política, se asientan las condiciones fundamentales para la libertad. Allí donde la Iglesia se convierte a sí misma en Estado, la libertad se pierde.

Pero también donde la Iglesia es suprimida como instancia pública y públicamente relevante, decae la libertad, porque el Estado reclama de nuevo para sí el fundamento de la ética. En el mundo profano postcristiano, el Estado enuncia esta pretensión no en la forma de autoridad sagrada, sino como autoridad ideológica».

Hoy, en Italia, el Estado no tiene la pretensión de plantearse como alternativa a la Iglesia, y mucho menos como principio. Se presenta como un estado laico, que no trata de imponer su propia ideología ni su propia cultura. En una palabra, no trata de sustituir a la conciencia y la libertad de las personas.

La libertad, tantas veces negada a través de posiciones nihilistas o instintivas, como capacidad de la conciencia de implicarse con la realidad y capacidad de construir, salva al Estado y el Estado garantiza la libertad - sustancial y no sólo formalmente -, si respeta el principio de subsidiariedad.

La libertad no procede del poder establecido ni es compatible con el control político

Se cuenta del viejo Henry Ford que decía a cada uno de sus clientes: "Puede usted elegir para su coche el color que quiera, siempre que sea negro". La ironía de la frase estriba en que no hay libertad real sin posibilidad de elección entre varias opciones. Lo cual parece obvio, pero no siempre se encuentra reflejado en la práctica.

Por ejemplo, pretenden algunos en nuestro país que haya libertad de educación siempre que sea en el ámbito de la escuela pública o, en el mejor de los casos, con el complemento de una enseñanza concertada férreamente reglamentada por la burocracia oficial.

Es lo típico de la izquierda radical: proclamar sus ímpetus liberadores al tiempo que se dirige con mano firme el proceso supuestamente liberador. Las ideologías totalitarias-y esto también vale para la extrema derecha- mantienen a ultranza que la libertad tiene que fluir de una ordenación necesaria.

Pero lo cierto es que la libertad no puede surgir de la necesidad. No hay más libertades que las que proceden de personas reales y concretas, agrupadas voluntariamente en instituciones, asociaciones o partidos. Como decía Edmund Burke, cuando los ciudadanos actúan solidariamente, su libertad es poder.

Lo propio de la democracia es que el poder surge de la libertad. Lo característico de la mentalidad totalitaria es que se pretende que sea el poder el que imponga un modo determinado de entender la libertad, lo cual es un contrasentido.

La esencia de la democracia no consiste en que se implante una determinada corrección política. Lo que hace democrática a una configuración política es el pluralismo social y la presencia de alternativas. Dedicarse desde el poder político a descalificar opciones que no atentan contra los derechos humanos ni son anticonstitucionales es algo escasamente compatible con un régimen de libertades públicas. La madurez política exige que se respete a la minoría, sobre todo cuando prácticamente iguala en volumen a la mayoría.

Lo más inquietante de nuestra actual situación política es que los presuntos representantes de media España están tratando de imponerse a la otra media. Y su afán totalizante se dirige, además, a cuestiones medulares. Se trata de una especie de furor antimoralista que desprecia las más profundas convicciones éticas de un importante sector de la población, al que ni se consulta ni se atiende.

Un ejemplo reciente lo constituyen las propuestas sobre la aprobación de la eutanasia por parte del consejo bioético de Cataluña. Respeto a su presidenta, Victoria Camps, tanto personal como intelectualmente. Pero no me parece realista su invitación a que se abra un amplio debate social sobre un tema tan decisivo como la posibilidad de acortar la vida y de legalizar la asistencia al suicidio de personas sanas o enfermas.

No hay más que fijarse en la composición de tal consejo para advertir que no están representadas las posturas favorables al respeto más cuidadoso de la vida humana. No me imagino, por ejemplo, que quienes lo integran vayan a impulsar una investigación sobre los resultados de la legalización de la eutanasia en Holanda. He vivido largas temporadas en ciudades alemanas fronterizas con los Países Bajos.

Y he visto el temor reflejado en la mirada de personas maduras -ni siquiera ancianas o ancianos- que han fijado su residencia en Alemania para evitar ser víctimas de ese extraño afán que conduce a liquidar vidas con años de existencia por delante, sin contar con la autorización ni el permiso de los sujetos pasivos de la eutanasia. Dudo mucho, lo lamento, de que las voces contrarias a este abuso de la dignidad humana vayan a encontrar eco en las instituciones políticas o en los medios de opinión pública.

Cuando las presiones se exacerban, la objeción de conciencia representa la última posibilidad de defender el pluralismo y salvar la libertad moral. Pero los ideólogos no quieren oír para nada de la apelación a la conciencia. Lo más brillante que se les ocurre es suponer que los obispos están detrás de este último escalón de la resistencia civil.

Nos encontramos otra vez ante el viejo truco de atribuir a la víctima la culpabilidad de los males que se le están causando. Ni en España ni en ningún otro lugar del planeta es la Iglesia la que trata de someter a otros. Eso se está haciendo, pero no lo están haciendo precisamente los católicos. Cualquier persona mínimamente informada lo sabe. ¿Por qué tanta insistencia en intentar difundir una falsedad pura y simple?

Por estos pagos se tiene una larga experiencia de que la libertad no procede del poder establecido ni es compatible con el control político. No hay que esperar que la libertad descienda sobre los ciudadanos por graciosa concesión de los poderosos. Porque no existe más libertad que la que uno se toma. Y ésta, la libertad real, inseparable del pluralismo, hay que tomársela de una vez por todas.

Raffaello Vignali