Por iniciativa de un movimiento católico, más de mil presos reciben apoyo por correo
Es su única ventana al mundo, más allá de las rejas. A pesar de la estricta censura del corredor de la muerte, las cartas llegan, la mayoría de las veces, rompiendo un aislamiento casi absoluto. «Recibir una carta quiere decir encontrar motivos de resistencia cuando se dejan llevar por el peso de la soledad y el vacío de esperanza. En estas condiciones de terrible inquietud encontrar alguien que te escribe, que se acuerda de ti, es como encontrar un tesoro,y tener alguien a quien escribir abre un espacio de afecto y ayuda a no perder la confianza», explica Stefania Tallei, el alma máter de esta iniciativa que parte de la Comunidad de Sant’Egidio, un movimiento de laicos católicos que nació en Italia y que hoy se extiende por más de setenta países.
Stefania Tallei se encarga de gestionar la correspondencia y de hacer llegar las direcciones de los presos a quien la solicita. Tallei ha relatado a LA RAZÓN cómo nació esta iniciativa: «La idea de los “penfriend” o amigos por carta a través de la Comunidad de Sant’ Egidio nació en 1996, cuando una chica de la comunidad leyó la carta de un joven en el corredor de la muerte de Texas publicada en un periódico italiano. Este joven se llamaba Dominique Jerome Green y había matado a un hombre durante un robo en Houston, en el 92. Ella le respondió y nació una amistad por correspondencia. Con el tiempo, Dominique se convirtió en un gran amigo nuestro, de toda la comunidad de Sant’ Egidio. Intentamos salvarle la vida de todas las maneras posibles, estábamos a punto de conseguirlo, y sin embargo... Él fue nuestro primer amigo en el corredor de la muerte. Fue ejecutado por el Estado de Texas en octubre de 2004 por inyección letal», relata Stefania.
Las condiciones de vida en los corredores de la muerte son muy difíciles. Casi todos los presos pasan 23 horas al día en una celda. Muchos llevan a sus espaldas historias de emigración o de dependencia del alcohol o de la droga; también hay quien antes de llegar a la cárcel vivía en la calle.
Las condiciones de miseria impiden a la mayoría de los condenados conseguir y pagar una defensa válida. Otros son casi analfabetos y aprenden a leer y escribir en la cárcel, con la ayuda de un compañero. Para ellos las cartas que reciben son una bocanada de aire fresco. «Actualmente al menos 1.200 prisioneros reciben estas cartas»,explica Tallei, «pero probablemente son más. La mayoría de ellos son de EE UU, pero también hay presos de Zambia, Guinea o Trinidad y Tobago. Nos han llegado incluso direcciones de condenados rusos, a los que se les conmutó la pena por cadena perpetua, pero desde hace un tiempo no recibimos noticias suyas», explica. «Desde España sé que también nos escribe mucha gente para pedirnos una dirección a la cual poder escribir. Hay varios presos que desean que les escriban en lengua española», asegura. Para conseguir una de estas direcciones basta con acceder a la página web de la Comunidad de Sant’Egidio (www.santegidio.org), o escribir un correo electrónico a «stallei@santegidio.org». «Quien me escribe a través de la página web recibe una respuesta con consejos y sugerencias relativos a las cartas, la censura, cómo comportarse con estos jóvenes y las direcciones para escribirles», explica Stefania.
Una «penfriend» de 90 años
En la página web hay cientos de testimonios, extractos y fragmentos que pueden dar una idea del valor que tiene para un preso una carta de un amigo: «Le agradezco enormemente su carta y su buen corazón. Estamos acostumbrados a que nos miren sólo como delincuentes y nadie sabe o quiere dirigir una mirada a nuestra alma. Pero nuestra alma no es tan mala... el alma anhela lo bueno y el bien», escribe Sasha, de Siberia. Para aquellos que se acercan al momento de la ejecución, la amistad es un consuelo enorme y es fuerza para dar el último paso: «Queridísimo amigo mío, cuando recibas esta carta no me encontraré entre los vivos, pero esto es OK ya que iré a un sitio mejor, donde dolor y sufrimiento ya no existen, por lo que, por favor, no estés triste. He sido muy afortunado al ser bendecido por tanta amistad, en mi viaje hacia el cielo», escribía José Mario, ejecutado en Texas en 1999.
A Stefania Tallei hay muchos testimonios que le han dejado huella: «Uno de ellos, sin duda, es el de Dominique. O el de Johnny Paul Penry, un disminuido psíquico. Me ha conmovido la sensibilidad de muchos de ellos, pero en especial la de un joven que antes de morir pidió a su amiga por carta, una joven de Roma, que pasara la noche de su ejecución junto a otra de sus “penfriends”, una anciana de 90 años de Génova. Le pidió que se fuera allí y le hiciera compañía para que esa noche no sufriera demasiado...».
Mar Velasco