Código da Vinci: 'Vini, vidi, ¡Da Vinci!'
 
Un prestigioso escritor español ha publicado en El País esta crítica sobre el libro: "El Código Da Vinci [es] el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos...

F. Casavella (El País, Babelia) // 19.01.04

"El Código Da Vinci" [es] el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los años setenta.

El problema de "El Código Da Vinci" no es que tienda al grado cero de escritura. Ni que sea aburrido, prolijo donde no debiera, torpe en las descripciones y en la introducción de datos sobre ese interesantísimo y originalísimo misterio en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus. Tampoco es un problema que repita esos datos en páginas contiguas para que hasta un hipotético "lector muy tonto" llegue a asimilarlos.

Ni que escamotee ciertos fundamentos de la trama del modo más grosero hasta que resulten útiles y entonces se les haga aparecer del modo más burdo. Ni importa que las frases sean bobas, y bobas sean también las deducciones de unos de quienes se nos comunica, pero no se nos describe su inmensa inteligencia. Ni que su autor carezca de la mínima "astucia narrativa", y no lo comparo ahora con Chesterton, sino con una anciana a la que han timado en la pescadería e intenta atraer nuestra atención con cierto suspense en el relato.

Tampoco importa que los diálogos carezcan de toda naturalidad, sino que cometan la aberrante indecencia de que ni se finjan comunicación entre personas, que se dialogue con el único objeto de que el lector sepa lo instruido que es el autor. Tampoco se puede pasar por alto que el autor no sea, al fin y al cabo, instruido.

Se puede perdonar todo, lo que no se puede perdonar es que esta novela se promocione y no sólo por los canales publicitarios convencionales, como un producto de cierto valor. Para entendernos, Dan Brown y su código tienen que ver con la novela popular lo que Ed Wood con el cine.

Es completamente legítimo, aunque no siempre se idóneo, que una editorial se preocupe por la comercialidad de sus productos y todos nos alegramos de su éxito, pero no se puede insultar a una tradición de grandes artistas y de artesanos competentes con algo tan miserable.

Y no puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que en su día rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial, sino en el sistema mercantil.