Código da Vinci: La mujer en la Iglesia
 
Dios no es hombre o mujer, es Dios. Pero la Iglesia sostiene que tanto las "perfecciones" del hombre como las de la mujer "reflejan algo de la infinita perfección de Dios".

Según Dan Brown: “Constantino y sus sucesores masculinos convirtieron con éxito el mundo desde el paganismo matriarcal hasta la Cristiandad patriarcal mediante una campaña de propaganda que demonizó lo sagrado femenino, eliminando a la diosa de la religión moderna”.

El Código Da Vinci da a entender que la mujer ha estado siempre relegada en la Iglesia. La realidad es diferente. Una muestra evidente de ello es la cantidad de mujeres que participan a diario de la vida de la Iglesia. Si estuvieran marginadas y no la sintieran propia, la habrían abandonado. En la Iglesia, como en la sociedad, hay diversidad de papeles y tareas que Dios reparte teniendo en cuenta las facultades de cada persona.

La Iglesia Católica afirma que Dios queda fuera de los géneros masculino o femenino, porque no es un ser humano, sino divino. Si en muchas ocasiones se le ha representado como un hombre, se debe a las limitaciones del arte.

Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, que expone la fe católica: “Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las "perfecciones" del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre y las de un padre y esposo” (CEC, 370).

La mujer en la Iglesia no es ni superior ni inferior: es igual al hombre. Como él, es una criatura de Dios que ha recibido unos dones particulares, complementarios a los del hombre, que tiene que desarrollar.

Por eso, su papel en la Iglesia es insustituible. Así lo afirma el Catecismo: “El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. "Ser hombre", "ser mujer" es una realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador. El hombre y la mujer son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del Creador”. (CEC, 369)