Política: No a una constitución sin raíces
 
Europa enferma en sus raíces

Las calabazas que está recibiendo la Constitución Europea me hacen pensar que nuestro viejo y triste continente necesita ilusionarse en recobrar valores como la solidaridad, la lealtad, la paz, el respeto a la dignidad del hombre en todas sus etapas…Esta ilusión la hemos comprobado hace poco cuando hemos visto a millones de personas dirigirse a Roma para despedir a quien lo había dado todo por instaurar esos valores: Juan Pablo II, magno.

Precisamente fue Juan Pablo II quién pidió, una y otra vez, que se reconocieran las raíces cristianas en la Constitución Europea. Esta petición resulta lógica si pensamos que cualquier legislación ha de fundamentarse en un conjunto de valores compartidos. Estos valores fluyen de ideas jurídicas, artísticas, filosóficas, científicas, etc., Y por supuesto religiosas. ¿Acaso no es el cristianismo el que ha difundido el inmenso respeto que merece toda persona por ser Hijo de Dios y haber sido redimida por Cristo?

¿No han sido estos valores los que cambiaron una sociedad hace dos mil años , y esto ha dado sus frutos a lo largo de la historia.parece que el cristianismo no es totalmente ajeno a los valores o bienes éticos que compartimos los europeos. En particular no es ajeno al principio del inmenso respeto que merece cada persona: la fe cristiana la considera como imagen de Dios y redimida por Cristo, y esto ha dado sus frutos a lo largo de la historia.

La idea de que lo religioso debe desaparecer radicalmente del ámbito de lo público y quedar relegado al ámbito de lo privado es un mito falso. Si mis ideas políticas, artísticas, sociológicas, filosóficas, científicas, jurídicas, etc., pueden entrar a jugar en la arena de lo público, ¿por qué las convicciones religiosas han de ser las únicas que no tengan acceso a él? Detrás de esta negativa no está una sana laicidad, sino la pretensión de una religiosidad vergonzante, de que el creyente deba casi excusarse por serlo. Se busca un cristiano incapaz de manifestar públicamente sus convicciones y que vive arrinconado.

“Esa tajante separación, que reenvía toda convicción religiosa al ámbito íntimo de la conciencia individual, puede acabar resultando, más que neutra, neutralizadora de su posible proyección sobre el ámbito público y, en consecuencia, discriminatoria para los creyentes”. (A Ollero)
Para preservar un abierto pluralismo es preciso aceptar una doble realidad: que no hay propuesta civil que no se fundamente directa o indirectamente en alguna convicción; que ha de considerarse por lo demás irrelevante que ésta tenga o no parentesco religioso.

Esto descarta la arraigada querencia laicista a suscribir un planteamiento maniqueo de las convicciones. El cristianismo no es totalmente ajeno a los valores o bienes éticos que compartimos los europeos. En particular no es ajeno al principio del inmenso respeto que merece cada persona: la fe cristiana la considera como imagen de Dios y redimida por Cristo, y esto ha dado sus frutos a lo largo de la historia.