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| Pensamiento: ¡Quédate con nosotros, Wojtyla!: Henri Lévi |
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| Bernard-Henri Lévi, nació Beni Saf, Argelia 5-11-1948, de nacionalidad francesa, fue educado en el seno de una familia adinerada de descendencia judía, su juventud discurre en París. Es precisamente en esta época cuando aflora su interés por la filosofía y autores como Sartre, Camus o Marx. Se matricula en la Escuela Normal Superior de Jean-Paul Sartre. De ideología comunista, fue una de las cabezas destacadas del movimiento surgido en mayo del 68. Desde entonces su implicación en política es más fuerte. Tras ingresar en el Partido Socialista llegaría a convertirse en el principal asesor de Mitterrand. Como filósofo es autor de obras como "La barbarie con rostro humano", una crítica al comunismo. Esta misma idea se repite en las columnas que escribe para "La Regle de Jeu", la revista que dirige. En esta publicación han participado autores como Vargas Llosa, Carlos Fuentes o el propio Rusdhie. También ha editado "Las aventuras de la libertad". Sobre la impresionante figura de Juan Pablo II ha escrito textos como los siguientes. Nietzsche emplea una expresión -en La aurora, creo- para definir a Cristo que siempre me hizo soñar: un gladiador agonizante. He recordado esta expresión desde el principio hasta el final de la última visita -habría que decir del último calvario- del Vicario de Cristo, Juan Pablo II, a su país natal, Polonia. Me parece que la expresión, fórmula extraña y magnífica, puede aplicarse más que nunca al hombre de 82 años antes llamado atleta de Dios, y a quien hemos visto, desgastado por la enfermedad, debilitado, doblado en dos, casi sordo, y encontrando, sin embargo, fuerzas para llegar hasta el santuario de la Divina Misericordia, para dirigir una oración ardiente a la Virgen de Kalvaria Zebrzydowska, hito de la veneración de la Pasión de Cristo adonde iba cuando era niño, para multiplicar los encuentros con los políticos, para orar ante el sepulcro de sus padres y hermano, para celebrar una larga misa bajo un sol de justicia en el parque de Blonia, en Cracovia; total, para llevar a cabo, sin desfallecer, su misión de evangelizador. Yo soy poco sensible -es lo menos que pueda decirse al Evangelio- y, además, soy de los que, por múltiples razones fáciles de adivinar, escucho siempre con ansiedad lo que se dice en el bello pero inquietante país que sigue siendo Polonia. Pero, al mismo tiempo, ¿cómo no quedar impresionado por el mensaje de este hombre que, después de haber abierto hace veinte años la primera brecha en la ideología granítica del comunismo, encuentra, al atardecer de su vida, a pesar de las pocas fuerzas que le quedan, las palabras más exactas para expresar, nada más llegar, al Presidente Kwasniewski su entera solidaridad con los marginados del orden neocapitalista mercantil? ¿Cómo no sentirse en total acuerdo con quien, igual que encontró en Toronto palabras oportunas para poner en guardia a los jóvenes contra un mundo regido únicamente por las leyes de dinero, éxito y poder, se pone claramente del lado de los indios víctimas de una liquidación cultura, y a veces física, en México y Guatemala, así como en Jerusalén, hace pocos años, sorprendía a los bienpensantes de toda confesión al expresar la deuda de la Iglesia para con sus hermanos mayores, los judíos; de la misma manera que el año pasado, en el Kazakhstan musulmán, se situaba en el polo opuesto a las ideas de moda sobre la guerra de civilizaciones entre el mundo cristiano y el Islam? ¿Cómo no estar de acuerdo con este luchador del Derecho y del verdadero universalismo que, en Cracovia, ante un auditorio de "ex-apparatchiks" comunistas reciclados en el nacionalismo, vuelve a encontrar los acentos del pasado para poner en guardia a los europeos contra la tentación de un ensimismamiento patriotero? Más conmovedor aún: cómo permanecer insensible ante el espectáculo de este peregrino agotado que, dejando de lado su propia debilidad, casi electrizado por el amor que le tienen y que su ser entero irradia, contesta a quienes, incluso en la Curia romana, murmuran que sufre demasiado, que debería pensar en retirarse: «¿Acaso bajó Cristo de la cruz?; y los apóstoles Pedro y Pablo, ¿no siguieron al Señor hasta el martirio? No me mantengo aquí sino por la gracia del Espíritu Santo, y cumpliré, pues, mi misión, por intolerables que sean las miserias del cuerpo, hasta nú último aliento». En estas escenas hay todo el dolor, pero también toda la nobleza del mundo. Hay en su presencia, en su forma de decir que sólo el descanso eterno puede silenciar una Palabra cuya autoridad no viene sino del Cielo, una fuerza interior, un ánimo del cual no veo, en el momento presente, ningún otro ejemplo en este mundo. Que le sea permitido al escritor judío que soy, impregnado de cultura judía, pero que no tiene la menor duda acerca de lo que nuestra época debe, desde hace 20 años, al largo reinado del gladiador agonizante y de lo que le deberá aún si Dios lo guarda; sí, que me sea permitido decir, como a los miles de fíeles que lloraban al despedirle en Varsovia, temiendo no volver" verle: ¡Quédate con nosotros, Wojtyla! -------------------------------------------------------------------------------- OTROS TEXTOS DE BERNARD-HENRY LÉVY «Lo que primero llama la atención es su fuerza, su poder. Con sus grandes manos, su tez sonrosada y su cuerpo vigoroso y fuerte, este Papa tiene todo el aspecto de un viejo campesino polaco. Pero unos segundos después, unas palabras más tarde se impone en mi espíritu el sentimiento contrario y entonces compruebo toda su fragilidad, su profundo desfallecimiento y un cansancio en su mirada y en su tono de voz que juraría que no es sólo el de un hombre santo curado de la tentación de las vanidades y seducciones terrenales. ¿Está realmente cansado o enfermo? ¿O es que está viviendo ya, en secreto, en otro mundo? Si tuviera que hacer una apuesta, apostaría por lo siguiente: este hombre ha creído, como ningún otro, en el poder temporal de la Iglesia; pensó y predicó una y otra vez que ella era la juventud del mundo; la lanzó a la conquista del siglo, es decir, a luchar contra el comunismo; y consiguió la victoria, una victoria total e inesperada; pero en lugar de la apoteosis, se encontró con la vuelta de las tribus y de las naciones, de las etnias y de las barbaridades más atroces del pasado; se encontró con la resurrección de las herejías y de los eternos enemigos. Incluso la Ortodoxia a la que liberó del yugo comunista, ahora, desde Atenas hasta Sofía y desde Belgrado hasta Moscú, declara la guerra a Roma. Amarga victoria. Dolorosa broma de la Historia. ¡Qué bonita era la Iglesia en los viejos tiempos del comunismo! El enterrador del comunismo se encuentra con un musulmán que llama a su puerta pidiéndole ayuda contra Bizancio. Por muy impenetrables que sean los designios de Dios ¿no tiene motivos sobrados para estar atormentado por esta extraña y desconcertante ironía de la Providencia?». ("EL MUNDO", sábado, 19 de junio de 1993) |